A la memoria del Marqués de Sade y Sacher Masoch
El sentimiento central en torno al cual gira la psicología personal del masoquista es su autocompasión. Lo suyo no es salir de su drama sino despertar conmiseración y solidaridad para vivir cómodamente en su drama, porque el látigo y la cruz son su pasión por el martirio.
A sabiendas de la afición pública hacia lo sentimental, sentimiento ampliamente explotado por las telenovelas y los reportajes melodramáticos, que despierta nuestro sentimiento del deber que como especie proyectamos para identificarnos y solidarizarnos con la calamidad del prójimo, el masoquista recurre al exhibicionismo de sus problemas en su necesidad de conmovernos.
Su mórbida inclinación de vivir como de recrear y referir a otros su drama es tan enfermizo, en algunos casos, como la de quien en su solidaridad no pudiendo liberarla, la acompaña y protege haciendo suyo el masoquismo de la víctima porque, a través de ella, puede vivir sus virtudes redentoristas.
Gracias al hombre que golpeado y robado fuera hallado en medio del camino por otro hombre de Samaria quien acudió en su auxilio, la iglesia institucionalizo su ejemplo de caridad convirtiéndolo en parábola: la condición de uno facilita la exaltación del buen samaritano del otro.
El mejor ejemplo lo constituyen los mendigos, que son el tendal callejero para que la caridad pública se exhiba con su misericordia. Estos artífices del melodrama con toda su parafernalia de sucia y raída ropas, de rostros lacerados por una expresión lastimera aunadas a una llaga que nunca cicatriza, les garantiza la piadosa limosna y honra de paso, la filosofía de instituciones de caridad y beneficencia cuya existencia se ratifica sobre el presupuesto de que la consabida y negligente política social, les proveerá de toda suerte de menesterosos para buen provecho de las promesas electorales y la promoción publicitaria de las iglesias.
Dicho sea de paso, los bienaventurados son la respuesta política del poder de la iglesia, evidenciada en la cohesión social bajo el masoquismo religioso.
Silvio del Valle
Negarle el derecho público a la verdad, es facilitarle el espacio del anonimato al delito. Visita: www.silviodelvalle.com
martes, 10 de agosto de 2010
lunes, 9 de agosto de 2010
domingo, 1 de agosto de 2010
Transmutación

"Es gran pecado que estas estatuas puedan representar fácilmente la idea de un amor profano".
Fue el comentario de un monje a Stendhal cuando juntos contemplaban la obra escultórica de Bernini: El éxtasis de Santa Teresa.
Arrobamiento del cuerpo a causa del éxtasis en contacto con lo divino. Obnubilada el alma se abre expresándose a través de su rostro; conmoción interior, desprendimiento y entrega.
Se ha unido lo humano con lo divino en un punto de confluencia donde el arte plasma en una unidad indivisible, lo que en comunión mística también lo refleja con la misma intensidad, el sentimiento amoroso en su plenitud con el amor físico.
En la manifestación de ese estado espiritual se ha desnudado su alma entera, alcanzando la majestuosidad en el deleite que inspira la belleza del cuerpo humano, al expresar lo sublime con el lenguaje del amor físico: Lo eterno en lo finito.
Epílogo
En el capítulo XXIX de su autobiografía, Santa Teresa describe: se le apareció un ángel en forma corpórea con una cara bellísima y toda iluminada. El ángel sacó un dardo que le pareció tener la punta inflamada, con el que le traspasó las entrañas, pareciendo, al retirarse, que le daba vida y dejándola "toda agitada en grande amor de Dios".
Dice la santa que el dolor y el placer que este dardo le produjo no era corporal sino espiritual, "por bien que el cuerpo no le fuese del todo extraño".
Desde la perspectiva freudiana, el testimonio por si mismo es una provocación al análisis. Profanamente, aunque no soy psicoanalista, uno se aventura a colegir del ambivalente y portentoso éxtasis que, luego de décadas de privaciones, la experiencia espiritual no es mas que el remanente de un auto erotismo apoteósico.
Silvio del Valle
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