domingo, 1 de agosto de 2010

Transmutación






"Es gran pecado que estas estatuas puedan representar fácilmente la idea de un amor profano".

Fue el comentario de un monje a Stendhal cuando juntos contemplaban la obra escultórica de Bernini: El éxtasis de Santa Teresa.

Arrobamiento del cuerpo a causa del éxtasis en contacto con lo divino. Obnubilada el alma se abre expresándose a través de su rostro; conmoción interior, desprendimiento y entrega.

Se ha unido lo humano con lo divino en un punto de confluencia donde el arte plasma en una unidad indivisible, lo que en comunión mística también lo refleja con la misma intensidad, el sentimiento amoroso en su plenitud con el amor físico.

En la manifestación de ese estado espiritual se ha desnudado su alma entera, alcanzando la majestuosidad en el deleite que inspira la belleza del cuerpo humano, al expresar lo sublime con el lenguaje del amor físico: Lo eterno en lo finito.

Epílogo

En el capítulo XXIX de su autobiografía, Santa Teresa describe: se le apareció un ángel en forma corpórea con una cara bellísima y toda iluminada. El ángel sacó un dardo que le pareció tener la punta inflamada, con el que le traspasó las entrañas, pareciendo, al retirarse, que le daba vida y dejándola "toda agitada en grande amor de Dios".
Dice la santa que el dolor y el placer que este dardo le produjo no era corporal sino espiritual, "por bien que el cuerpo no le fuese del todo extraño".

Desde la perspectiva freudiana, el testimonio por si mismo es una provocación al análisis. Profanamente, aunque no soy psicoanalista, uno se aventura a colegir del ambivalente y portentoso éxtasis que, luego de décadas de privaciones, la experiencia espiritual no es mas que el remanente de un auto erotismo apoteósico.

Silvio del Valle

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