A la memoria del Marqués de Sade y Sacher Masoch
El sentimiento central en torno al cual gira la psicología personal del masoquista es su autocompasión. Lo suyo no es salir de su drama sino despertar conmiseración y solidaridad para vivir cómodamente en su drama, porque el látigo y la cruz son su pasión por el martirio.
A sabiendas de la afición pública hacia lo sentimental, sentimiento ampliamente explotado por las telenovelas y los reportajes melodramáticos, que despierta nuestro sentimiento del deber que como especie proyectamos para identificarnos y solidarizarnos con la calamidad del prójimo, el masoquista recurre al exhibicionismo de sus problemas en su necesidad de conmovernos.
Su mórbida inclinación de vivir como de recrear y referir a otros su drama es tan enfermizo, en algunos casos, como la de quien en su solidaridad no pudiendo liberarla, la acompaña y protege haciendo suyo el masoquismo de la víctima porque, a través de ella, puede vivir sus virtudes redentoristas.
Gracias al hombre que golpeado y robado fuera hallado en medio del camino por otro hombre de Samaria quien acudió en su auxilio, la iglesia institucionalizo su ejemplo de caridad convirtiéndolo en parábola: la condición de uno facilita la exaltación del buen samaritano del otro.
El mejor ejemplo lo constituyen los mendigos, que son el tendal callejero para que la caridad pública se exhiba con su misericordia. Estos artífices del melodrama con toda su parafernalia de sucia y raída ropas, de rostros lacerados por una expresión lastimera aunadas a una llaga que nunca cicatriza, les garantiza la piadosa limosna y honra de paso, la filosofía de instituciones de caridad y beneficencia cuya existencia se ratifica sobre el presupuesto de que la consabida y negligente política social, les proveerá de toda suerte de menesterosos para buen provecho de las promesas electorales y la promoción publicitaria de las iglesias.
Dicho sea de paso, los bienaventurados son la respuesta política del poder de la iglesia, evidenciada en la cohesión social bajo el masoquismo religioso.
Silvio del Valle
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