miércoles, 20 de octubre de 2010

Apología del ateísmo


“Donde está el cadáver, allí se juntarán los buitres”


Somos racionales en nuestra vida práctica e intelectual pero crédulos en lo espiritual. En torno a los crédulos se aglomeran la iglesias proliferando con la rapidez de un virus y en tanto el hombre no piense, el petróleo espiritual por siempre estará asegurado.


Del temor natural hacia la muerte como de un destino post mortem se ha erigido a Dios sobre “la piedra principal” del temor bíblico. En delirante misticismo, se pretende dar respuesta a todo con su oráculo bíblico en gratuitas respuestas de fácil digestión. Es humano, por tanto, esperar una alérgica reacción de orden existencial que hace del escepticismo hacia el ateísmo, un auto exorcismo contra todo aquello que agobia la existencia humana y quiere inhabilitar en servidumbre de fe, el sano y rector motor de la razón con placebos religiosos de vacio estribillo, y, lo que alguna vez fuera fervor, se traduce en una sincera búsqueda por materializar a Dios en su convicción.


Es cierto, el temor es más fuerte que toda la aparatosa arquitectura de la razón, más aún, cuando ante la inminencia de la muerte, el comején filosófico habiendo ya carcomido la columna vertebral de nuestra vida en su anhelo por una existencia tranquila, finalmente, enseña la osteoporosis de su razón en la miseria de sus dudas sin respuesta.


De la impaciente necesidad espiritual de adorar, dio origen al becerro de oro en los tiempos de Moisés y el cual, de cierto modo, vemos representado en la suntuosidad aristocrática de las iglesias católicas a fin de exaltar la idolatría popular apuntando al corazón, a la inconsciencia espiritual y terreno fértil al prevaricato de toda índole mientras creyentes decepcionados emigran de un infierno a otro, alimentando con ello la promiscuidad religiosa, que genera en otros crear iglesias en su derecho a la libertad de cultos.


El ateo ante la muerte abjura de su filosofía, una deshonrosa capitulación de su alma humillada como trofeo para quien se impone sobre su honestidad filosófica contra la pesadilla y que nace, precisamente, de la inhumana temeridad divina; el dios de las iglesias es una radiografía de las enfermedades mentales de los hombres elevadas al plano místico, suplantando al Dios de la filosofía, de la ciencia, del arte, del amor y la vida. Un Dios que se oculta como si no existiera o no quiere existir... sus razones tendrá.


Dichosos los animales que en su condición de criaturas y no de hijos de dios, pueden vivir libres y morir tranquilamente.

Silvio del Valle.

viernes, 15 de octubre de 2010

Simbiosis


Un diamante en bruto se pulimenta hasta cobrar una forma geométrica perfecta pero, en esencia, es un mineral. De igual modo, podemos alcanzar un nivel espiritual elevado o en el menor de los casos, ser buenas personas, creyentes, piadosos y hasta hijos de Dios pero somos una especie más del reino animal, dotados de instintos primitivos que nos gobiernan a través de nuestros sentimientos, emociones, pasiones y deseos.


Dentro del arte no existe el bien o el mal menos aún la moral, por lo tanto, no rechazamos nuestras pasiones y deseos, todo lo contrario, los humanizamos, los enaltecemos para convertirlos en arte. La alquimia primordial con la cual glorificamos el alma humana a través de la belleza y es que la belleza no necesita explicarse para existir o ser aceptada, es una verdad incontestable a nuestros sentidos y a nuestro ser, la compartimos y la disfrutamos todos. Es como contemplar un bello y voluptuoso cuerpo desnudo en actitud de entrega, admiramos su belleza y nuestros instintos nos inducen a desear y poseerlo; la belleza y la pasión unidas en un solo canto a la vida.


Pero del otro lado de la vida, del otro lado de las formas y los colores, otro blanco diferente al que usamos para dar tonos de luz u oscuridad y que la mayoría de las personas identifican como sinónimo de pulcritud moral y espiritual, símbolo de pureza, virginidad y castidad, en ese sentido, el blanco de nuestros lienzos es un color vacio y muerto, simboliza la inercia y la nada.


Según se dice Dios creó el universo, la vida, la belleza y nos dotó de instintos a partir de la nada que, seguramente, era de color negro o blanco. Por alguna razón será, que la pulcritud moral y espiritual, la pureza, lo virgen y lo casto comparten su afinidad hacia lo blanco con todo aquello que simboliza lo estéril, la alienación, la enfermedad y la muerte, por que lo blanco, es el color predilecto con el cual se pinta laboratorios, hospitales, manicomios, morgues, cementerios e iglesias; todo cuanto de enfermizo se oculta en el espíritu humano, lo encubre el blanco.
Silvio del Valle

lunes, 11 de octubre de 2010

AMORES QUE MATAN


El amor de Dios hacia el género humano ocasiona siempre que interviene, no pocos infortunios incluso contra su propio hijo cuando y desde la cruz exclamara moribundo: “Padre, por qué me has abandonado”. Aun cuando si venía a enseñar, es del todo obvio que no tenía previsto morir por nadie y acepta a regañadientes: “no se haga mi voluntad sino la tuya”,y, como carne de cañón ser sacrificado a fin de redimirnos de una antiquísima culpa sin fecha de expiración penal y menos aún, de nuestra parte, sin concierto o complicidad en el hecho y por lo visto si se hereda genéticamente.

Absueltos del pecado original, la sangre de Cristo viene a convertirse en un mea culpa de conversión, poco más o menos, en un chantaje espiritual, “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo, tú y tu casa”.

Si Dios hubiera expulsado a Adán y a Eva, como corresponde, con la firme determinación de no querer saber nunca más nada de ellos y menos aún de nosotros, lejos de sus electorales promesas de una morada celestial, sin lugar a dudas, nos habría ahorrado la siniestra historia de la fe con que su sangrienta presencia nos fue impuesta.

Luego de dos mil años de históricas crueldades, cruzadas y guerras de toda índole, desde entonces, el ex paraíso fue convertido en un infierno. El escenario actual que se ha dibujado con premeditación bíblica no puede ser peor. Desde que Abraham cuando ya teniendo a su hijo Ismael con una esclava proporcionada por su mujer, luego, a sus cien años otro sórdido designio divino acompaña el anuncio de unos ángeles, Abraham ha de engendrar con su estéril esposa la manzana de la discordia: Isaac, pero ¿qué habría sido de nuestras vidas y nuestra civilización en manos de los descendientes de Ismael?

Una genealogía fratricida se desencadena entre descendientes de dos hermanastros, encarnados en dos religiones inconciliables e intolerantes y la cuna natal de Jesús, símbolo universal del amor, es hoy un hervidero milenario de enfrentamientos sangrientos que deshonran su memoria.

Ante el despropósito divino y los fallido intentos de la comunidad internacional en sus buenos oficios conciliadores, justo sería por parte de Dios hacer acto de presencia a fin de aclarar y restablecer el orden terrenal, pero la impiedad del silencio providencial porfía en toda su majestad escatológica, no sin antes amenazarnos con un juicio final y un castigo eterno, en conducirnos hacia un holocausto nuclear.

Aparta de nosotros tu cáliz, Señor, porque tu amor hacia nosotros definitivamente es de esos amores que matan.
Silvio del Valle.