domingo, 12 de septiembre de 2010

AUTISMO


“Suprimid el temor al infierno y suprimiréis la fe del cristiano.” Anónimo

El amor real nace de un vínculo íntimo o consanguíneo tal y como lo sentimos hacia la mujer especial, los hijos, los padres y en menor medida por nuestros hermanos. Les sigue en nuestro afecto los animales, especialmente, nuestra mascota que por su incondicional lealtad a cambio de un poco de cariño y comida se hace amigo incluso de las inclemencias que vive junto a locos, indigentes y “pobres de espíritu” de todo género.

El amor hacia el prójimo en general solo es una idealización cristiana, una abstracción cultural humanística que nos permite cuando los necesitamos o nos necesitan, identificarnos y solidarizarnos con sus causas personales o conmovernos ante su desgracia.

Y, a todo esto, ¿qué clase de amor vivimos hacia Dios? Diferente al sentimiento vivencial y natural que nos inspira quienes y todo aquello que por su presencia física verificamos a través de los sentidos y concienciamos con ayuda de la razón, por el contrario, Dios pervive como abstracción teológica y cuya noción gramatical cobra un sentido espiritual por obra y gracia de la fe, que a su vez se alimenta del temor bíblico que infunde.

Mal representado por una iglesia cuyo milenario prontuario delictivo lo deslegitima y gracias a su inaccesible condición divina que lo encierra y lo confisca como símbolo espiritual, con el cual se encubre y se perpetua la codicia de todas las iglesias; es natural, que su silencio eterno despierte no pocos recelos y dudas sobre su existencia.

Mal idealizado, tal vez, no hemos podido encontrarlo o intuirlo. Es probable que en lugar de iglesias, Dios sea una presencia que se multiplica en cada corazón humano para unificarse cuando se abra la única puerta que mantenemos cerrada y que nos impide experimentarnos íntegramente a nosotros mismos, porque no conseguiremos ser honrados con los demás sino aprendemos a ser sinceros con nosotros mismos.

Quizá, al igual que los treinta pájaros que buscaban a su dios, el Simurg, llegaron a la isla donde habitaba y al observarlo, se dieron cuenta que el Simurg era treinta pájaros y, que su vez, ellos eran el Simurg.
Silvio del Valle

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